por José Tripodero
Se estrena Inside Llewyn Davis, film que no vi y, creo, que no veré. Conozco
el final porque me lo contaron y la verdad no me gusta, tampoco me atrae de antemano
que el personaje tenga un gato de acompañante en su viaje. Aclaro que amo a los
gatos y la presencia de esos animales en una pantalla me estremece pensando que
algo malo puede sucederles, está de más decir que Las Aventuras de Chatrán (1986) y Desayuno
en Tiffany’s (1961) están en la lista negra de películas para no rever jamás en la
vida. Ni por dinero, no. Así que la última de los Coen será una hoja menos en
mi enciclopedia, uno de esos “404 error not found”.
No importa, la última de Ethan y
Joel funciona como excusa, más que nada para reivindicar la manera de ver la vida
y representarla en el cine que tienen. Se suele decir que les gusta crear
personajes para destruirlos y más: amasijarlos, cortarlos en pedacitos y
pasarlos por una licuadora fatal de situaciones que muchos guionistas evitarían hacerles atravesar a sus creaciones. Hace unos días escuché al crítico Carlos Rey –a quien no tengo el gusto de conocer personalmente- en un programa de radio por Internet que, en Inside Llewyn Davis, lo que hacen es “matar
al cine clásico americano” y luego un remate bien definitorio: “siempre lo
hacen”. Me parece respetable la aseveración, más que nada por la convicción,
aunque no esté de acuerdo en absoluto.